
Hemos llegado ya a un punto en el que los argumentos sobre lo que hará o no hará el Tribunal Constitucional se sustentan en cálculos basados en la obediencia de los magistrados a los partidos que los han llevado hasta allí. En estos días se ha afirmado sin rubor que la recusación de un magistrado no era sino una pieza de estrategia destinada a dejar al partido gobernante "en minoría" dentro del Tribunal. Y los mismos que, según se dice, han urdido semejante estrategia se rasgan ahora las vestiduras porque una enmienda de última hora al proyecto de ley que se está discutiendo en el Congreso consolida a la presidenta del Tribunal hasta tanto no se elija al siguiente. Lo que les irrita es que eso volvería a alterar el juego de mayorías y minorías para los próximos meses. No estaban, pues, dando razones de fondo sobre lo bueno o lo malo de tal consolidación, sino disputando crudamente quién va a tener el voto de calidad en ese tiempo. El asunto, como se ve, no tiene nada que ver con la sabiduría constitucional ni la reconocida competencia. Se trata, lisa y llanamente, de ganar la partida política. Para ello lo que se necesita es armar una mayoría de magistrados de la propia cuerda. Lo demás es secundario.

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