FREITAG : ¿De quién se siente usted políticamente más cerca, del democristiano Dieter Althaus, que propone una Renta Básica, o del socialista Oskar Lafontaine, que pretende lograr más justicia social por las vías tradicionales ?
Katja Kipping: La idea de una Renta Básica se discute ahora mismo en todos los ambientes políticos sin excepción. Se trata de un gran progreso, difícil de imaginar hace apenas un año. Cuando llegue el momento –esperemos que muy pronto— en que de lo que se hable no sea del “si”, sino del “cómo” se pone por obra una Renta Básica, yo me podré poner de acuerdo mucho más rápidamente con Oskar Lafontaine que con Dieter Althaus.
Mientras llega ese momento, también en lo que toca a la izquierda, hay que recorrer un buen trecho.
Entre muchas gentes de izquierda domina aún la idea de que sólo tiene algún rendimiento quien se presta al trabajo asalariado. Eso es completamente absurdo. A la sociedad le resultan también imprescindibles otras actividades, como el trabajo de cría y educación, o el compromiso público o político honrado, que hasta ahora no han sido crematísticamente recompensadas. También yerra la creencia de que el trabajo asalariado es sin más útil y está cargado de sentido. Piense usted en la industria armamentística, o en procesos de producción gravemente dañinos para nuestro medio ambiente. Igualmente desencaminado va el argumento, según el cual la Renta Básica sería la jauja del consumo salvaje, como ha escrito Ulrik Busch en Freitag. Con 1.000 euros al mes no se aterriza en el país de la Cucaña. De lo que se trata es de posibilitar a las personas una medida mínima de participación en la riqueza social.
[...]
Usted ha mencionado cifras: 475 euros para todos los niños menores de 16 años y 950 euros para todas las ciudadanas y ciudadanos que rebasen esa edad. Eso comporta costos que rondan los 850 mil millones de euros sólo para la Renta Básica incondicional. Aun si, en contrapartida, bajaran algunas prestaciones estatales, queda un volumen de financiación adicional imponente. ¿Ha pensado alguna vez con quién podría usted poner por obra un programa de esa envergadura?
La cuota del estado, es decir, la parte de todos los impuestos e ingresos redistribuidos, subiría manifiestamente: de una magnitud que hoy no llega al 50% a más de un 70%. Eso suena dramático. Pero, por otra parte, hay que tener bien presente que para dos tercios de la sociedad la situación financiera mejoraría. Sólo el tercio más rico quedaría en una situación peor que la actual. La particular charme de una Renta Básica razonablemente realizada consiste precisamente en que no es buena sólo para grupos marginados y estigmatizados, sino también para el entero espectro de unas capas medias poseídas por el miedo al descenso social. La autonomía, en el sentido de poder experimentar con nuevas actividades, resultará accesible a más personas, porque sabrán que, en caso de fracasar, no van a quedar tirados. Incluso para los que hoy tienen empleo la situación será mejor, porque en las negociaciones no podrán ser tan fácilmente chantajeados. Las horas extras y los malos salarios se aceptan ahora porque del transfondo surge, amenazante, el espectro del programa Hartz IV. Con una Renta Básica incondicional será por vez primera posible una ”igualdad de armas“ entre las empresas y los empleados. Habría, pues, muchas personas que se beneficiarían de ella. Y por eso mismo, no debería resultar tan difícil poner por obra una Renta Básica incondicional.
Sin embargo, la máquina de productividad del capitalismo tiene que estar bien engrasada. Si no, quiebra la base que hace posible una Renta Básica incondicional. Por eso habría que reflexionar mucho sobre las cargas a que se somete al tercio más rico de la sociedad y a las empresas. En la II Guerra Mundial, los beneficios empresariales en los EEUU fueron a parar en un 90% al Estado. Que algo parecido pueda ocurrir en tiempo de paz, es cuando menos dudoso.
En ninguna reforma pueden predecirse exactamente los efectos laterales. Pero incluso quienes estarían financieramente mucho más lastrados que hoy dispondrían de una ventaja que no puede subestimarse. Vivirían en una sociedad más humana, más digna de ser vivida. En esa medida, la Renta Básica incondicional debería entenderse cada vez más como suma democrática, como prenda en depósito para una comunidad vital, creativa, en la que las diferencias de ingreso dejan de determinarlo todo. Incluso las gentes instruidas y altamente calificadas tienen ya la experiencia, al menos en su entorno, de lo que pueden significar el paro y la pobreza. Evidentemente no estamos ahora en tiempo de guerra, al menos militarmente hablando. Pero en lo tocante a la situación social, hablar de tiempos de paz suena tal vez un tanto eufemístico. Pues el hiato que divide a pobres y ricos no deja de ensancharse. Hace mucho que el miedo al paro ha penetrado en las capas medias. Millones de personas que todavía tienen un puesto de trabajo, a causa del demencial ajetreo laboral, se explotan a sí mismas y explotan a las circunstancias familiares. A la larga, eso destruye la sociedad.
Precisamente por eso, los socialistas exigían en el pasado otra sociedad. No los rendimientos del capital, sino el capital mismo es lo que, de acuerdo con esa vieja posición, debería ser socializado con una Renta Básica.
En la RDA [República Democrática Alemana] se dijo hasta 1989 que en la fase de transición al comunismo teníamos que rendir más, para que el día de mañana nos fuera mejor. En vez de comunismo, lo que vino fue un cambio que trajo consigo el desempleo masivo. Hoy se predica algo de todo punto análogo: que primero hay que atravesar el valle de lágrimas, a fin de que impere luego el pleno empleo. En vez de difundir tales promesas salvíficas, yo prefiero luchar por transformaciones que, aquí y ahora, mejoren la situación vital de las personas y que, al propio tiempo, tengan el potencial de convertirse en cabeza de puente hacia otra sociedad. Ya se verá si la Renta Básica incondicional acaba siendo, de una u otra forma, el caballo de Troya que allane el camino a una sociedad globalmente distinta. En todo caso, es un buen presupuesto para experimentar nuevas formas de economizar y de vivir. [artículo original]
lunes, 25 de diciembre de 2006
en lugar de promesas salvíficas...
soñadores ingenuos
por Daniel Raventós, en La fábula ciencia
Ningún observador ilustrado moderadamente inteligente podría sondear el estado del planeta y concluir que se puede arreglar sin una transformación profunda. En este sentido son los pragmatistas duros, y no los izquierdistas melenudos, los soñadores ingenuos.
Terry Eagleton.
Sobre la Renta Básica se han dicho muchas cosas, a favor y en contra. En ambos lados de la barricada podemos encontrar razones poderosas, razones de segunda división y sinrazones de desecho. Sea o no una lástima, ello es inevitable cuando esta original propuesta va siendo cada vez más conocida entre distintos agentes sociales. Yo estoy en un lado de la barricada, el de los que defienden la Renta Básica, y voy a intentar, de acuerdo con el título de este artículo, aportar algunas razones en su favor.
¿Qué es la Renta Básica?
Es un ingreso pagado por el estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad o residente, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre, o dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva.
“Un ingreso pagado por el estado”. “Estado” puede aludir a una institución jurídico-política mayor que la de los estados-nación realmente existentes, como sería el caso de la Unión Europea; o puede referirse a ámbitos jurídico-políticos menores que el del estado-nación.
“A cada miembro de pleno derecho de la sociedad o residente”. En los distintos modelos de financiación de la Renta Básica hay variaciones de cuantía, de inclusión o no de los menores, de edades, de modo que se percibiría más o menos cantidad según la edad, etc. Pero en todos los casos se trata de una cantidad monetaria que recibirían los ciudadanos individual y universalmente, de modo que, por ejemplo, no estaría condicionado a determinados niveles de pobreza.
“Incluso si no quiere trabajar de forma remunerada”. Aunque luego insistiré sobre este aspecto, ahora solamente quiero dejar apuntado que muy a menudo se interpreta “trabajo” como sinónimo de “trabajo remunerado” o “empleo”. Hay buenas razones para pensar que la siguiente tipología es más adecuada: por un lado, trabajo con remuneración en el mercado; por otro lado, el trabajo doméstico, y, asimismo, el trabajo voluntario.
“Sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta”. A diferencia de los subsidios condicionados a un nivel de pobreza o de situación, la Renta Básica la recibe igual un rico que un pobre, lo que no quiere decir que ricos y pobres ganan; en realidad, en toda propuesta políticamente interesante de Renta Básica, los segundos ganan los primeros pierden. Financiar una Renta Básica no es imposible, ni tiene unos costos de otro mundo, lo que no significa afirmar que no es conflictiva políticamente. Cuando unos sectores sociales ganan y otros pierden, el conflicto está servido. En realidad, la Renta Básica, en este punto, no tiene nada de especial. Es conflictiva como lo han sido muchas medidas que a lo largo de los dos últimos siglos se han ido aplicando, con mayores o menores resistencias. Si la Renta Básica es concebida como un derecho de ciudadanía, excluye toda condición adicional. Como el derecho ciudadano al sufragio universal, la propuesta de la Renta Básica no impone condiciones adicionales a las de ciudadanía.
“Sin importar con quién conviva”. La Renta Básica no favorece una forma de convivencia determinada. Vivan bajo un mismo techo una pareja heterosexual o personas de varias generaciones, o un grupo de amigos o una pareja homosexual, todas ellas son formas de convivencia completamente independientes del derecho a percibir una Renta Básica.
No es una subvención, un subsidio o un seguro condicionado. Ni presupone la satisfacción de algún requisito, como el de demostrar un determinado estado de pobreza, estar buscando trabajo remunerado o haber perdido el empleo. Esta característica de la Renta Básica, la de no estar condicionada a requisito alguno distinto del ciudadanía o residencia acreditada, la distingue claramente del subsidio de desempleo, de los subsidios agrarios, de programas tales como “jefes y jefas de familia” argentinos, de las rentas mínimas de inserción que, centralizadamente, contempla la república francesa o, descentralizadamente, el reino de España.
Puede observarse que la Renta Básica es formalmente laica, incondicional y universal. Se percibiría, en efecto, independientemente del sexo al que se pertenezca, del nivel de ingresos que se posea, de la confesión religiosa que se profese y de la orientación sexual que se tenga.
Pero no hay propuesta sin críticos ni malentendidos...[leer el resto del artículo]
pobreza en España
Los datos de Cáritas habían hablado siempre de unos 8 millones de pobres en España, pero cuando bajamos a los detalles nos damos cuenta de los desequilibrios en la distribución de la riqueza.
Llama aún más la atención en un país desarrollado, aunque es una lacra que se produce en las grandes potencias. En Estados Unidos hay más de 20 millones de pobres.
El INE considera el umbral de pobreza relativa en los 6.346 euros anuales para un hogar de un adulto y de 9.502 para un hogar de dos adultos. Sin duda es difícil vivir en España con 528 euros mensuales, aunque basta ver los datos de las pensiones no contributivas para darnos cuenta que la cruda realidad es que salen estos números.
Casi 30 de cada 100 mayores de 65 años están por debajo del umbral de la pobreza en España. Que esa generación viva en condiciones nefastas muestra a las claras que en la economía española, pese a la última década de ricitos de oro, se han hecho y se siguen haciendo muchas cosas mal y sin gran previsión, por lo que se ve.
Además, las últimas estadísticas de la Unión Europea dicen que España será el país de los 25 que registrará un mayor envejecimiento de aquí a 2050 y que para entonces el 36% de nuestra población tendrá más de 65 años. Esos datos de Eurostat subrayan que sólo un 4,4% de las personas comprendidas entre 65 y 69 años trabajaban en 2005, frente a tasas del 8% en la UE.
Que los periodos de crecimiento continuado no han servido precisamente para solucionar este tipo de problemas que subyacen en la economía y que hacen de España un país desarrollado, pero acostumbrado a vivir con este tipo de paradojas, es una realidad que se torna insalvable.
Casan estos datos con la existencia de más de 360.000 familias con todos sus miembros en paro que refleja la EPA y con un mercado del trabajo fragmentado en el que un 33% de los contratos son temporales, amén de situaciones de precariedad impropias. Luego está ese otro asunto reiterativo de las diferencias de género.
el salario social
La implantación del salario social ha sido más un gesto de generosidad que una exigencia ciudadana
En la mañana que precede a la Nochebuena reconforta constatar que Asturias está entre las cuatro comunidades autónomas que tienen institucionalizado el salario social. Otras trece regiones, entre ellas la acaudalada y progresista Cataluña, no consideran que debe haber una renta mínima para las personas que carecen de los más elementales recursos: tener plaza fija en cualquier esquina también produce ingresos. Madrid, el País Vasco y Navarra forman con Asturias el cuarteto de comunidades con sensibilidad social. De las cuatro comunidades sólo una tiene gobierno de izquierdas.
Hay otra diferencia entre las cuatro regiones: Madrid, País Vasco y Navarra tienen economías prósperas, mientras Asturias marcha en la cola del crecimiento económico. De todas formas, este es un dato relativo porque en la clasificación de los ingresos medios por hogares Asturias roza los 24.000 euros, lo que la sitúa en el sexto puesto del pelotón autonómico. Una cosa es la Asturias productiva y otra la Asturias de la Seguridad Social.
La implantación del salario social, tal como está concebido en España, no supone un gesto heroico de los gobiernos, se trata de una cuestión de mera decencia. El Principado, con 15 millones de euros, socorre las necesidades elementales de 11.000 personas. No es la solución al problema de la pobreza, pero sí es un paliativo.
Una de las cosas más llamativas que ocurren con los indicadores de la pobreza en España es que los índices casi se mantienen estancados pese al gran desarrollo económico experimentado en los últimos años. En el año 1991, había ocho millones de personas que no alcanzaban el 50% de la renta media de la población. Quince años más tarde, ocho millones de españoles no llegan al 60% de la renta media. Esta última ratio es sobre la que se ha establecido hoy día el umbral de la pobreza. Puede colegirse que el crecimiento económico no llega a todos aunque estemos en plenas vacas gordas del empleo, porque hay gente que no se presenta en los sitios adecuados y que no sabe engancharse a las redes sociales. Para las personas carentes de educación, salud y medios, no es fácil transitar por nuestra sociedad.
Hay acuerdo general en que la marginación alcanza más a las mujeres que a los hombres, y dentro de estas, las que tienen más de sesenta y cinco años llevan la peor parte. Sin embargo, es más desconocido que la soledad produce pobreza cuando se está en la tercera edad, con indiferencia del sexo. El 47,3% de los españoles de más de sesenta y cinco años, que viven solos, son pobres. Un dato estremecedor. Este indicador es muy preocupante para Asturias, porque somos la región más envejecida, y la que tiene menos gente comprendida en la franja de edad de cero a veintinueve años; las próximas generaciones de viejos estarán destinadas a vivir en soledad, un tipo de vida que marcha en paralelo con la pobreza.
La persistencia de los niveles de pobreza en España, pese a conocer el ciclo de creación de empleo mayor de toda nuestra historia, obliga a buscar algún argumento sólido. Para explicar esta contradicción, la izquierda recurre a una explicación de libro: el escaso gasto social de los gobiernos de Aznar. Desde una perspectiva puramente política, el argumento se rebate solo: con más gasto social, entre los años 1996 y 2000, no habríamos cumplido los criterios de convergencia de Maastricht y ahora estaríamos fuera de la eurozona, con lo que no tendríamos ni empleo ni bienestar social. Había que escoger y se optó por reducir el déficit público, el nivel de endeudamiento y rebajar la inflación.
Dejando a un lado las explicaciones en clave de partido, la verdadera razón estriba en que los programas de protección social no tienen como principal destinatarios a los pobres. Tras cotejar datos, a esta tesis ha llegado el profesor Barea, nada sospechoso de profesar izquierdismo. Sin entrar en las cifras, hay un hecho que avala esta tesis: el Estado de Bienestar está pensado para personas integradas en el sistema, que contribuyen al mismo y reciben sus beneficios, pero no es tan eficaz para ciudadanos enteramente marginados. La pobreza precisa de tratamientos más específicos.